El problema no es serlo

Lo que ha sucedido en la Comisión de Justicia y Derechos Humanos del Congreso, en relación al proyecto de Unión Civil entre personas del mismo sexo, nos muestra y enseña de los graves peligros que se tiene cuando activistas religiosos llegan a tener cargos electos.

Y no es la primera vez que se actúa de manera arbitraria y de acuerdo a los signos de la religión, recordemos cuando los ex ministros de salud Solari y Carbone impusieron sus preceptos religiosos no sólo para oponerse a la distribución gratuita (mas no a la venta) de la anticoncepción de emergencia, sino también para desarticular la estructura del MINSA desapareciendo programas estratégicos como el de Planificación Familiar, so pretexto de una reforma en salud.

El problema no es tener una fe, creer en un dios o pertenecer a una iglesia; el problema radica cuando la política sexual de esa determinada fe o religión, se impone en un debate y llega a definir los derechos de la ciudadanía, ante el asombro, indignación de muchos y silencios cómplices por parte de casi la mayoría de autoridades de nuestro país.

Vale la pena reflexionar en qué momento por la conquista de la igualdad y no discriminación estamos, y saber que en términos reales podemos afirmar que esta política sexual de las iglesias que tuvieron la palabra y voto en la Comisión de Justicia viene fracasando en gobernar a las personas en sus decisiones individuales y pugna con toda su fuerza por seguir imponiéndose desde el poder de las leyes.

Las personas experimentamos sexualmente antes del matrimonio, tenemos relaciones sexuales por placer y sin fines reproductivos, nos embarazamos de manera deseada y también indeseada, usamos métodos anticonceptivos modernos, las mujeres interrumpimos embarazos, las mujeres nos enamoramos de hombres, pero también de mujeres; y los hombres se enamoran de mujeres y también de hombres, tenemos familias sin hijos, familias con hijos, nos casamos o convivimos, también nos divorciamos; adoptamos o nos sometemos a tratamientos de fertilidad, así como podemos practicar la abstinencia.

La homofobia trae dolor, daño, muerte y es parte de la política sexual de las iglesias, ésta que se ha impuesto durante siglos como la correcta y que utiliza al Estado y sus instituciones. Pero eso va cayendo y se va dejando atrás,  pues miles hemos decidido luchar contra ello, demandar al Estado que cumpla con sus ciudadanas sin importar sus creencias, para imponer un orden social y sexual en el cual las personas puedan tomar aquellas decisiones que le traen felicidad, dignidad y placer a sus vidas y eso no tiene marcha atrás.

Quizás sea tiempo de pensar si cuando ejercemos nuestro derecho al voto, ese hombre o mujer que dice representar a los y las ciudadanas de este país tiene también una consigna religiosa, de dogma, que incluya la homofobia, el machismo y una visión patriarcal,  que difícilmente va a cambiar y puede incluso atentar contra mi derecho a ser igual y disfrutar de lo que como persona tengo derecho en el país donde nací; ese también debería ser parte de aquello que me interese conocer cuando el próximo 2016 en abril elijamos nuevo presidente (o presidenta) y congresistas.

Rossina Guerrero
Directora de Incidencia Política
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