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“Yo Actuaba Como Varón Solamente”

Iniciaba la década de los noventas, las financieras internacionales previamente a la crisis global aún apoyaban proyectos de investigación en áreas sociales que permitieran posteriores intervenciones más afinadas y acotadas. En ese contexto la entidad DEMUS, compuesta por abogadas feministas orientadas al tema de la mujer desde la perspectiva del derecho, me convocó para un proyecto. La institución tenía una línea telefónica y un servicio de atención directa, mediante los cuales recibía casos de mujeres maltratadas en todas las formas posibles por sus hombres –o por el hombre– pero no tenían ni el valor ni el conocimiento como para judicializar estos hechos. La casuística acumulada por estas consultas conformaba perfiles bastantes fiables sobre la mujer agredida y permitía diferenciar la violencia intrafamiliar, la callejera, la verbal, la psicológica, la física y hasta aquella que terminaba produciendo la muerte. Se podía decir, entonces, que desde el punto de vista de la mujer maltratada había un cierto conocimiento, en particular de la que había sufrido violación, que era en ese momento el tema central del trabajo de las abogadas de DEMUS.

Con un fondo de la Fundación Ford en mano me convocaron para lo que se convertiría en el trabajo más extraño y fascinante entre todos los que he desempeñado en mi vida. Se trataba de entrevistar en profundidad a un número determinado de violadores que estuvieran condenados a prisión en dos penales de Lima, San Jorge y San Juan de Lurigancho, con la idea de llegar a una suerte de gen que explicara por qué ciertos hombres violan mujeres mientras que otros no lo hacen, aunque yo sospechaba que en el fondo de los corazones de las muchachas de DEMUS se aspiraba a que apareciéramos todos los hombres como violadores en potencia. Gajes del oficio.

Fue así que pasé más de un año desarrollando largas conversaciones con ‘violines’ internados en estos penales, algunos sentenciados, otros a la espera. El convenio que había suscrito DEMUS con el INPE tenía una limitación: no me permitía elegir al sujeto entrevistado, yo llegaba al penal, hacía la farragosa explicación del caso al policía jefe y este, luego de escucharme, terminaba con un “Oe Pacheco, tráete un violin”. Y al poco rato comenzaba la entrevista.

Fueron en total doce los reos que participaron del estudio. A primera vista todos tenían un rasgo en común: eran pobres. Ergo, los violadores no pobres no van a un penal en el Perú. Luego cada caso desplegaba una pared defensiva exculpatoria que volvía al sujeto una víctima de las circunstancias, una caña al viento que se movía según los deseos de la mujer victimada, dando continuidad al concepto de santo Tomás según el cual la fuente del pecado es la mujer. Ninguno aceptaba la versión que había manejado el juez para dictar condena. Los que habían violentado a sus amigas o enamoradas argumentaron que ellas iniciaron el encuentro pero luego, para aprovecharse económicamente de ellos, convirtieron el acto consentido en violación. Otros se escudaban en el consumo del alcohol como atenuante, una sustancia que los había hecho perder el seso y los había convertido de buenos a malos.

Esa aporía bueno/malo cruzó todas las entrevistas. Los hombres habían sido sin excepción buenos hijos, buenos padres, religiosos, trabajadores… hasta que algún fenómeno externo (por lo general con tetas y minifalda) los pasaba a un estado ingobernable de maldad. Uno de ellos argumentaba que existe un bichito que se te mete al cerebro cuando menos lo piensas y te baja del cielo al infierno, donde te vuelves capaz de cualquier cosa, como por ejemplo violar a una joven con síndrome de Down.

La racionalidad que subyace al discurso de los violadores entrevistados se articula en dos hechos: la intervención del factor externo y la inevitabilidad de la emergencia del instinto masculino frente a un estímulo. Digamos que el escaparate de monseñor Cipriani. Respecto al acto sexual en sí mismo, los entrevistados se despachaban con imitaciones de cómo la mujer había gozado hasta perder el sentido, para así despistarme de la idea de que habían sido forzadas. El placer de ellas, gracias al falo de ellos, los exculpaba y a la vez, hacía de las aparentemente violadas unas desagradecidas. El título de la publicación que generó la investigación es una frase que soltó un reo, “Yo actuaba como varón solamente”.

#NiUnaMenos, harta chamba para todos. (Escribe: Rafo León)

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