Imagen tomada de andresvegas.es

Déjanos decidir, por Carla García

Imagina que un día caminas por la calle, alguien te agarra a la fuerza y te viola en un callejón. En un taxi. En tu cama. Te muerde, te pega, te exige a la fuerza. Te desgracia la vida.

¿Qué se siente? Asco sin duda, dolor, rabia. Haz un esfuerzo, imagina qué se siente. Ahora imagina que esperas un hijo de tu violador. ¿Qué decides? ¿Quieres tenerlo? Yo no quisiera tenerlo, por eso estoy a favor de la despenalización del aborto en caso de violación.

En este tema estoy en desacuerdo con varios de mis familiares y amigos que, por un argumento religioso, se oponen a la despenalización del aborto en casos de violación. No pretendo que cambien de opinión ni obligaría a ninguna de mis primas a que aborte si fuera violada. No intentaré arrancarle a mi tía su catolicismo a gritos. Simplemente porque es su vida y ellas tienen derecho a decidir. Lo que no tienen es derecho a decidir sobre la vida de otra.

Aprobar la despenalización del aborto en caso de violación no va a generar más abortos ni más violaciones, como quieren hacer creer los fundamentalistas de una mal manejada fe.

Va a frenar el alto número de muertes de pequeñas, jóvenes y adultas que se someten diariamente a abortos clandestinos y muchas veces mal hechos, a riesgo de ir a la cárcel. Mujeres a quienes nadie defendió del agresor para quien las penas –en caso las haya– son siempre menores. La vida de ellas no está en la agenda del palacio legislativo. Al congresista Luis Llatas, de la bancada de gobierno, no le ha parecido importante.

Forzar a una mujer a tener un hijo que es producto del peor momento de su vida, decirle que no tiene que criarlo porque puede darlo en adopción –como si en nuestro sistema no hubiera niños que por burocracia se quedan esperando por padres adoptivos durante años, metidos en hogares–, obligarla a tenerlo porque ella es un envase, una incubadora o una maceta, es de nuevo violar sus derechos, es de nuevo humillarla y golpearla, es volver a atacarla en un callejón, salvo que esta vez el callejón se llama Congreso del Perú.

Tomado de larepublica.pe

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