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Santana no ha sido denunciado por ser cristiano

“El único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entrometa en la libertad de acción de uno o cualquiera de sus miembros, es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás” (John Stuart Mill, Sobre la libertad).

Recordar esta afirmación es pertinente dentro del debate que ha surgido a raíz de la denuncia penal promovida por la ONG Promsex contra el homofóbico pastor Alberto Santana por discriminación. Como recordamos, este pintoresco personaje, lanzó calificativos violentos contra la comunidad lgbti hace un mes durante la ceremonia religiosa en la que un grupo de pastores logró que Keiko Fujimori firmara un compromiso para defender una agenda antiderechos. Santana hizo afirmaciones espantosas como que “del homosexualismo ha salido la peste rosa” o que la homosexualidad es una aberración.

Los defensores del pastor dicen que se está atentando contra su derecho a la libertad religiosa. Sobre ello, hay que decir lo siguiente:

  • El derecho a la libertad religiosa es una afirmación positiva que garantiza que los creyentes no sean perseguidos por su fe. No obstante, es un derecho que no está aislado. Los derechos humanos son integrales, indivisibles e interdependientes (Ver en ONU, Declaración y Programa de Acción de Viena, párr. 5). Es decir, que ninguna vale más que otro y que la aplicación de cada uno no debe contradecir la aplicación de los otros, y que todos deben estar sujetos al fin máximo que es la protección de la dignidad humana. En ese sentido, la libertad de expresión y de creencias no puede usarse como excusa para garantizar la impunidad de quienes abusan de su libertad para discriminar a otros grupos solo porque no coinciden con ellos. El pastor Santana no ha sido denunciado por ser cristiano y ni siquiera por creer que la homosexualidad es pecaminosa, sino por incitar a la discriminación en un discurso público.
  • El derecho a la libertad religiosa y a la objeción de conciencia se aplica justamente en la dimensión más íntima del ser humano: la espiritualidad y la práctica de la fe. Es importante para que, por ejemplo, los cristianos o musulmanes puedan practicar sus ritos y creer en sus doctrinas, incluso cuando ellas puedan ser incompatibles con los principios democráticos (De hecho, muchas iglesias son casi monarquías autocráticas). Incluso me atrevo a decir que esa libertad les garantiza seguir teniendo ideas y prácticas discriminadoras en su fuero interno y, a lo mucho, dentro de sus comunidades de fe. Por ejemplo, una iglesia no es obligada por el Estado a ordenar mujeres, aun cuando la normativa del Estado garantiza la equidad de género. En todo caso, para dar ese paso, los miembros de la propia comunidad de fe que buscan la equidad deben luchar internamente para lograrlo. Pero, lo que no pueden hacer los religiosos es pretender imponer sus normas a la sociedad en general ni tampoco atacar a aquellas normas públicas aprobadas dentro del consenso democrático. Es decir, si los cristianos fundamentalistas desean seguir pensando que la homosexualidad es pecado, manténganlo dentro de sus conciencias y tómenlo como elemento normativo para su comunidad de fe, pero dejen de usar ese argumento en el debate público y, menos aún, tomarlo como base para determinar la legislación del país. Hay muchos católicos y evangélicos que hacen eso, y nadie los va a denunciar por pensar homofóbicamente. Pero si utilizan sus púlpitos o medios para lanzar mensajes homofóbicos, pues deben atenerse a las consecuencias. Así como también ocurre (o debería ocurrir) con otras discriminaciones como el racismo o el machismo.
  • Hace unos días publiqué un artículo en el que explicaba cómo las prácticas homofóbicas más violentas están sustentadas en los discursos de líderes religiosos que, con sus afirmaciones “en nombre de Dios” o “la Biblia lo dice”, justifican acciones violentas que seguramente ellos no cometerían, pero que sí podrían hacerlo personas desequilibradas o ignorantes que creen estar actuando ética o cristianamente al agredir a un homosexual. Hay cristianos que creen que un homosexual es el mayor peligro para la sociedad o que está endemoniado. Si creen eso, ¿por qué luego se sorprenden cuando algún loquito con fe golpea o asesina a un homosexual? Están creando e incubando a gente violenta dentro de sus comunidades.

Finalmente, afirmo mi amplio respeto a las iglesias. Las he estudiado con profundidad y entusiasmo, aprecio mucho a sacerdotes y pastores que son seres humanos maravillosos, y yo mismo soy un hombre de fe que aspira a vivir según los principios y valores de Cristo. Pero ello no implica dejar de ser crítico a las iglesias y a sus expresiones discriminadoras más retorcidas como es la del pastor Santana. Este caballero, además, debería ser investigado por muchas otras razones. La ofensiva exhibición de su opulencia ganada por su genio manipulador y su carisma antiético muestra evidencia de enriquecimiento irregular cuyas fuentes se deben averiguar. Resulta más indignante que su abundancia financiera se base en la generosidad y la sencilla fe de tantos cristianos y cristianas que siguen viendo en él a un hombre de Dios, cuando en verdad se parece más a uno de esos religiosos que, hambrientos de poder, crucificaron a Cristo.

Juan Fonseca
Presidente 
CCEI El Camino

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